sábado, 2 de junio de 2012

Escalando el Ararat con Javier Sierra

Hace un par de días terminé de leer El ángel perdido, de Javier Sierra. Después de asistir a la charla que el autor ofreció en la Feria del Libro de Sevilla, me puse manos a la obra y en pocos días he devorado las más de 500 páginas que narran las aventuras de Julia Álvarez y compañía.

Tuve la suerte de conversar con el escritor turolense en la FLS y de que me firmara su libro -aquí-, y lo cierto es que no me ha decepcionado para nada. Creo que este es el noveno o décimo libro de Javier que leo -los tengo todos excepto uno, que por supuesto también he leído- y si hay algo que me gusta de su forma de escribir es que no sólo se ciñe a las historias, sino que despliega multitud de claves que tal vez a simple vista parecen no tener mayor significado, pero que provocan la curiosidad del lector por seguir indagando en situaciones, fechas y lugares que finalmente se muestran mucho más trascendentes de lo que en principio se cree. Esto ocurre también, como no podría ser de otra forma, en "El ángel perdido".

Durante mi breve charla con el autor, le planteé una pregunta que a juzgar por su sonrisa le sorprendió y le interesó a partes iguales. Estaba esperando la firma de libros y mientras esperaba comencé a leer las primeras páginas. En esas primeras páginas encontré algo que ya había llamado mi atención en anteriores libros de este mismo autor y así se lo hice saber mientras firmaba mi ejemplar. Un detalle entre los muchos que incluye para darle a su obra una dimensión mayor que la de simple novela de aventuras. El nombre de los personajes del libro, al menos la mayoría de ellos, tienen significado.

Conozco el trabajo de Javier Sierra desde hace muchos años, no sólo por sus libros sino también por sus artículos en diversas revistas. De ahí que nombres como Faber, Allen, Mira, Knight y otros sean reconocibles para mi y así se lo hice saber a Javier, quien me reconoció que en todas sus obras utiliza referencias de personas reales relacionadas con el mundo del misterio y de los enigmas históricos -también referencias a personas de su entorno familiar y de amistad, intuyo- que tanto le gustan para nombrar a sus personajes.

Más allá de los artificios y claves del autor, el libro es ameno, la historia muy interesante y está plagada de referencias a hechos reales. El Camino de Santiago, las expediciones rusas de principios del siglo XX, las fotografías satelitales del Ararat tomadas por los Estados Unidos a finales de los años 1950, las diversas leyendas sobre el Diluvio Universal -a muchos les sorprendería conocer el número de historias calcadas a la historia de Noé que hay repartidas por todo el Mundo, algunas mucho más antiguas que la bíblica-, las piedras sagradas -adamantas, chintamanis...-, las tormentas solares y el uso del electromagnetismo como arma poderosa son algunos de los variados temas que el autor aborda en esta obra.

El sistema de capítulos alternos, para dar coherencia a la historia desde todos los puntos de vista de los personajes, mantiene la tensión narrativa y hace que pasemos las páginas una detrás de otra buscando una vuelta de tuerca tras otra hasta el desenlace en el Ararat -Ağrı Dağı o Montaña del Dolor, para los turcos-, en mi opinión muy bien conseguido.

Me gusta leer buenas historias, pero a veces se me quedan cortas. Es por eso por lo que libros como este, donde un argumento atractivo va acompañado de un buen número de claves que me permiten seguir indagando más allá de lo evidente, me gustan especialmente. Tal vez por eso me gustan los libros de Javier Sierra y los de otros autores que escriben obras que no se ciñen sólo a la historia que quieren contar. Muy recomendable.

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