lunes, 15 de julio de 2013

El corporativismo humano

El corporativismo del ser humano no tiene límites. Tal vez sea por el inconsciente colectivo acuñado por Carl Gustav Jung a principios del siglo XX, pero lo cierto es que nuestra mente suele rechazar la crítica feroz a la humanidad como especie.

Se suele atacar sin piedad a personas concretas, incluso a grupos, ya sean pequeños, medianos o grandes, por motivos de raza, religión, ideología, etcétera, pero a la hora de criticar al ser humano como especie, parece saltar un resorte que nos hace sentir incómodos o rechazar argumentos que nos afectan de manera global.

Ronald Reagan, el pistolero metido a presidente de los Estados Unidos de América, dijo pocas cosas coherentes a lo largo de su vida, como la mayoría de los políticos, pero recuerdo una frase suya con la que, sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo: "De vez en cuando pienso cómo nuestras diferencias se desvanecerían si nos viéramos enfrentados a una amenaza extraterrestre".

En mi caso, ese resorte debo tenerlo atrofiado. Hace mucho tiempo que perdí -casi toda- la esperanza en la humanidad como especie. Es más, creo que nos estamos ganando a pulso la extinción. Y cada noticia que leo o escucho no hace más que afianzar este pensamiento. Utilizando una conocida frase, cuanto más conozco a la especie humana, más quiero a mi perro.

Imagino que, leyendo el párrafo anterior, a muchos os habrá saltado el resorte antes mencionado. Lo sé porque, hace mucho tiempo, a mi me pasaba lo mismo. Es una especie de pellizco, un clic en la mente, esta se cierra y se niega a aceptar la verdad. Pese a ser consciente de tal o cual afirmación, nuestro cerebro parece estar programado para rechazarlas todas.

Es cierto que el ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor pero, en general, tenemos todo muy mal montado. Ya lo dijo Arguiñano -sí, el cocinero, fijaos qué cosas-, con una economía de lenguaje digna de admiración: "El problema es que en el mundo mandan los malos". No se puede decir más con menos palabras. Aunque da para mucho, por ahora prefiero no hacer más sangre con este tema. Además, aún existe en mi interior una llama -débil, todo hay que decirlo- de esperanza. Y es que, al fin y al cabo, siempre hay una razón para sonreír...

3 comentarios:

Argax dijo...

Pues sí, si miramos de forma global no hay duda que vamos al desastre con patines y cuesta abajo.
Pero hay que construir desde entornos cercanos y cuando digo cercanos digo una cervecería o similar, rodeándonos de las personas que sabemos van a aportarnos más cosas buenas que malas, de aquellas con las que podríamos construir algo hermoso, ilusionante y sí, hasta útil para los demás.
Siempre hay razones para sonréir, eso es "elavangelio", lo que pasa es que una de las primeras habilidades que estamos perdiendo, no sé si siempr a lo largo de la historia habrá sido así, es la de buscar, somos una especie cómodona cuando nos sentimos seguros y eso es muy poco adaptativo, más que nada porque nos quedamos mongolos perdíos...

Fesaro dijo...

El problema es como decía Mafalda, linda Mafalda, en este mundo cada vez hay más gente y menos personas

Ismael dijo...

Me niego a perder la sonrisa, Víctor, no hay mejor terapia contra los males de hoy que esa.

Qué gran verdad, Fer, cuánta gente y qué poca humanidad...

Saludos.