jueves, 18 de julio de 2013

Érase una vez en el futuro

Los que me conocen, saben que mi opinión sobre las religiones es muy crítica. No obstante, en la actualidad, mi actitud hacia este tema es de pasotismo controlado, es decir, sigo pensando igual pero, en mi afán por dominar el estrés, me mantengo al margen de polémicas.

Entiendo que la seguridad inherente al ser humano provocara la invención de dioses y religiones. La especie humana necesita controlar sus miedos. Bajo esa premisa, algunos espabilados crearon un tinglado que, cientos y miles de años después, sigue mangoneando todo lo que puede y más, intentando a menudo coartar libertades individuales en pos de unos ideales retrógrados impropios de una especie presuntamente evolucionada.

El objetivo de este escrito, no obstante, no es dar más caña a las religiones. De ello se va a encargar Carlos Giménez, quien se encargó de adaptar un relato de los Diarios estelares del gran Stanilaw Lem, en su historieta titulada El misionero, incluida en su obra Érase una vez en el futuro (1980). Un texto que no tiene desperdicio y que no me resisto a compartir para cerrar este artículo:
Ya los primeros descubridores de Urtama no tenían suficientes palabras de elogio para sus habitantes los bondadosos memnogos. Esos seres -decían- son las criaturas más serviciales, dulces, buenas y altruistas del Cosmos.

En la esperanza de que la semilla de la Fe brotaría felizmente entre ellos, la Santa Iglesia mandó a Urtama al padre Oribacio. Los memnogos le recibieron con hospitalidad y atenciones casi maternales. Le respetaban, le obedecían y parecían absorber sus enseñanzas con anhelo. Aprovechando aquella atmósfera tan favorable, el padre Oribacio no cesaba de predicar, día y noche, los principios de la Fe.

-Bien, queridos feligreses -les dijo el predicador un día-, ahora que ya os he hablado del Viejo y del Nuevo Testamento, y de las cartas de los Apóstoles, pasaré a explicaros las vidas de los mártires del Señor. (Esto último, dicho sea de paso, fue siempre el tema predilecto del padre Oribacio.)

Entonces, dando a su voz entonaciones de trueno y a sus ademanes un aletear dramático, el predicador se arrancó:

-Entre otros… ¡Ahí tenéis el ejemplo de San Juan, que logró la Luz Eterna al ser hervido en aceite, y el de Santa Águeda, que se dejó cortar la cabeza por la Fe, y el de San Sebastián que, acribillado de flechas, sufrió crueles tormentos y en recompensa fue recibido en el Paraíso por los coros de ángeles y querubines…

(Viendo a los pobrecitos memnogos atemorizados, abrazados unos a otros, el padre Oribacio siguió desgranando su rosario de martirologios con creciente elocuencia):

-…¡y el ejemplo de los jóvenes mártires que sufrieron el tormento de descuartización, el estrangulamiento, la rueda y la pira, soportándolo todo en éxtasis, ganando así un sitial a la diestra del Señor de las Huestes Celestiales!

Y así, día tras día, les iba relatando, una y otra vez, y siempre con voz de trueno y ademán apocalíptico, la historia de muchas vidas consagradas al martirologio y dignas de ser imitadas. Hasta que…

Un día, un grupo de memnogos se acercó a él y le empezaron a hacer preguntas:

-Reverendo Maestro, perdona el atrevimiento de tu indigno servidor y dime: ¿El alma de todo hombre dispuesto a sufrir martirio va al Cielo?

-Indudablemente, hijo mío.

-¿Y tú, padre venerado, deseas acaso ser Santo e ir al Cielo?

-Es mi más ferviente deseo, hijo mío.

-En tal caso, nosotros te ayudaremos -apostilló el que parecía el más atrevido de todos.

Entonces, los memnogos cogieron al misionero suavemente, pero con firmeza y lo arrastraron hacia…

El padre Oribacio, algo alarmado, exclamó:

-¡Eeehh! ¿Se puede saber qué hacéis…?

-Querido padre, te vamos a despellejar la espalda y te la untaremos con pez hirviente, al igual que el verdugo de Irlanda hiciera con San Jacinto -respondió uno de los hombrecillos.

El padre Oribacio se debatía como presa que llevan al matadero, gritando e insultándolos, con su potente vozarrón, sin duda para que, atemorizados, le soltasen:

-¡No! ¡Soltadme! ¡Estáis locos! ¡Soltadme, os he dicho! ¡Soltadme, malditos imbéciles!

Y mientras lo ataban a lo que sería un palo del martirologio, los memnogos le decían:

-Ahora padre venerado nos disponemos a cortarte, entre otras cosas, pierna izquierda, como le hicieron los paganos a San Pafnucio…

-Y luego, amado maestro, te abriremos el vientre y te lo llenaremos de paja, igual que se lo hicieron a la Beata Elisabeth de Normandía.

El misionero seguía debatiéndose como un animal enjaulado y chillando como una bestia acorralada.

Y mientras seguían marcando su cuerpo con las mutilaciones y heridas que le harían merecedor del título de mártir de la Iglesia y alcanzar el rango de Santo, los memnogos le anunciaban los otros “pasos” del martirologio:

-Ahora te vamos a empalar como los Emalquitas hicieron con San Hugo… Pero primero, amadísimo Pastor, te vamos a romper las costillas como los Tiracusanos hicieron a San Enrique de Padua.

-Y ahora, a continuación, maestro reverenciable, te quemaremos a fuego lento, como los borgoñones a la Doncella de Orleans.

Después de todo aquello, los memnogos empezaron a llorar con tremendo desconsuelo por su pastor amadísimo perdido ya para siempre. Y cuando alguien se acercaba a ellos los encontraba así, desesperados, sollozando amargamente. Y a todos daban la misma explicación:

-¡El padre Oribacio nos decía siempre que no había que un buen cristiano no hiciera por su prójimo! ¡Así que renunciamos con desesperación a nuestra salvación! ¡Todo con tal de que el amadísimo padre Oribacio tuviera la corona de “mártir” y la “santidad”!

-¡Nadie puede imaginar lo duro que fue para nosotros! Porque antes de la llegada del padre Oribacio a Urtama, nadie aquí era capaz de matar una mosca!

(Texto extraído del libro El mensaje de otros mundos, de Eduardo Pons Prades, editorial Planeta, 1982).

2 comentarios:

Víctor L. Briones Antón dijo...

Magnífico Lem, con su sátira a todo tren. Y magnífica la interpretación que nos dejas, me la "emprestas"...

Ismael dijo...

Me alegro de que te guste, es toda tuya.
Un beso.