viernes, 12 de julio de 2013

Liborio

La mirada de Liborio reflejaba una mezcla de emoción y temor. Era la primera vez que salía del pueblo, la primera vez que se dirigía a la gran ciudad. Jamás deseó que llegara ese momento pero la vida no entiende de sentimientos. Sus ojos otearon el horizonte a través de la ventanilla del autobús en el que viajaba y pronto se mostró ante él la urbe que había evitado desde que era niño. Estaba a un paso de aquello que representaba todos sus temores de juventud.

Buscó mil excusas para no subir a ese maldito autobús. Se prometió a sí mismo una y otra vez que podría salir adelante sin tener que abandonar Órbigo, pero la situación había alcanzado un punto de no retorno difícil de soportar. El pueblo se moría, los jóvenes emigraban por decenas y la vida allí se hacía insostenible. Había que comer y el campo ya no daba para más. La escasez de trabajo y por tanto de dinero obligaban a tomar medidas drásticas. Ni siquiera el campo, antaño fértil y hoy tan castigado, les proporcionaba suficiente alimento para subsistir.

La jungla de asfalto. Kilómetros de metal, cristal, plástico y hormigón formando edificios que Liborio sólo había visto en fotografías pero que hasta entonces no creía reales. El destartalado autobús paró en una plaza rectangular rodeada de enormes bloques de pisos y oficinas. Bajó. Pasaron varios minutos hasta que Liborio pudo reaccionar y, con paso vacilante, se dirigió hacia su destino. No podía creer lo que veía. Alzó la mirada y giró varias veces sobre sí mismo, observando las enormes torres sin fin que le rodeaban. En su pueblo apenas un par de casas impedían contemplar la inmensidad del entorno rural en el que estaban ubicadas. Ahora, en la ciudad, apenas podía ver más allá de unos metros.

Estuvo a punto de ser atropellado en varias ocasiones. No entendía las prisas y la agresividad que mostraban aquellos seres que parecían pertenecer a una especie distinta a la suya. Tuvo que parar para tranquilizarse. Se sentó en un banco situado en un parque. En ese parque cabía su pueblo, pensó. Era lo más parecido que iba a encontrar en aquel caos, al menos un puñado de árboles que le recordaban a su añorada alameda. Respiró profundamente y sintió cómo la polución se abría paso directa hasta sus pulmones. La atmósfera estaba cargada, sucia.

Fue allí donde comprendió que todo había acabado. Las tardes de paseo por la alameda, las caminatas por el prado, las mañanas de pesca en la ribera, el aire limpio, el sonido del silencio... La vida es así de perra, pensó. Sentado en el banco de aquél parque que le recordaba tímidamente a su alameda, Liborio tenía la mirada más triste de su vida. Se levantó, se secó las lágrimas que rodaban por sus mejillas, salió del parque y se adentró de nuevo, camino de un destino incierto, en aquel infierno de asfalto que había empezado a odiar nada más bajar del autobús.
Ismael

4 comentarios:

Fesaro dijo...

Ya lo había leído y reitero mi agradecimiento por relato y libro .

Ismael dijo...

Gracias a ti por leerme, Fer.
Un abrazo.

Víctor L. Briones Antón dijo...

De nuevo me encuentro con Liborio y me vuelvo a identificar con él...

Ismael dijo...

Tal vez nuestra conversación del martes me hizo recordarle, por eso lo recuperé.

Gracias por tu comentario.