miércoles, 24 de julio de 2013

Normal

La enfermera apenas había cortado el cordón umbilical que le mantenía unido a su madre cuando un llanto incontrolado inundó la estancia. Madre e hijo estaban bien. Atrás quedaron nueve meses de vómitos, antojos, problemas circulatorios y un sinfín de incomodidades, caídas en el olvido en el momento justo del parto.

De repente, el pequeño dejó de llorar. Abrió los ojos por primera vez y observó todo aquello que le rodeaba: Un aséptico paritorio con instrumental diverso, el personal médico, su padre grabándolo todo con una videocámara y su madre exhausta, con lágrimas de felicidad inundando sus enormes ojos azules. Su cerebro dejó de ser tábula rasa para siempre y comenzó a absorber la información que, a partir de entonces, moldearía una personalidad aún por definir y descubrir. Al menos, eso pensaban todos los presentes... excepto Rubén.

Unos meses después, las neuronas de Rubén aún se estaban desperezando. El parto había sido complicado y no le estaba resultando fácil recordar qué hacía allí. Le parecía lamentable ver a los adultos haciendo el ridículo con aquellos ajó ajó, cu cu tras y demás sandeces, pero aún no podía comunicarse verbalmente con ellos. Se limitaba a reír sus presuntas gracias y a llorar cuando tenía hambre o sed o sus esfínteres se descontrolaban. Todavía no podía valerse por sí mismo, sin duda era lo más molesto del Despertar. Era increíble lo fáciles de engatusar que resultaban esos mastodontes para que hicieran lo que necesitaba en cada momento, desde bañarlo a alimentarlo pasando por limpiarlo o dejarlo dormir a placer. A menudo era él quien se divertía molestando a sus padres con su llanto de madrugada, pero era parte de la experimentación a la que quería exponer a esos seres tan limitados.

No sentía ningún tipo de afecto hacia aquellos que le rodeaban. Sabía qué le esperaba y lo que iban a hacer con él, estaba condenado desde que nació y no podría hacer nada por evitarlo. Pero tampoco podía culparlos, ellos habían pasado por lo mismo aunque eran incapaces de recordarlo. Los Moldeadores habían hecho un buen trabajo con sus padres, en realidad con todos los adultos que había conocido hasta entonces.

Le quedaba poco tiempo y lo sabía. Sus padres tenían mucho trabajo y tras la baja maternal les sería complicado dejarlo con sus abuelos, demasiado mayores para tal responsabilidad, por lo que su ingreso en la guardería era inminente. Allí, la lobotomización daría comienzo y continuaría con la escuela donde, reforma educativa tras reforma educativa, los Moldeadores estaban logrando su objetivo, convertir a la especie humana en lerdos dóciles y sumisos. Rubén no podría jamás conocer su verdadero destino. Sería un borrego más y llevaría la misma vida insulsa que el resto de sus congéneres. Los Moldeadores le llevaban demasiados años de ventaja en el arte de manipular mentes y comenzaban el proceso antes de que los pequeños adquirieran las habilidades necesarias para poder hacer algo para evitar la Conversión. No había escapatoria.

Una mañana, antes de su primer día de guardería, su madre le sacó a la calle en el carrito porque no dejaba de llorar -y más que lloraría a medida que se acercara el día D- y antes de ir al parque pararon para saludar a unos vecinos. Tenían un niño más o menos de la edad de Rubén, a quien le habían puesto por nombre Nepomuceno -pobre chaval, no tenían bastante con destrozarle la vida haciéndole sufrir la inevitable institucionalización; encima tendría que cargar con un nombre horrible-. Rubén intentó comunicarse con él pero comprobó que era demasiado tarde. Nepomuceno llevaba dos semanas yendo a la guardería y el proceso había comenzado, apenas podía reconocerse a sí mismo y estaba perdido para siempre. Una descarga de terror recorrió la pequeña espina dorsal de Rubén. Su fin estaba también cerca y, como el resto de la humanidad, no podría hacer nada...

Hoy, Rubén es un joven normal de 16 años, le gusta salir con sus amigos, viste ropa de marca, tiene perfil en Tuenti, Twitter, Facebook y un móvil de última generación. Lleva sus estudios adelante con más pena que gloria y su sueño es ser abogado como su padre y ganar mucho dinero. No recuerda absolutamente nada de sus primeros meses de vida y sigue como todos el camino de baldosas amarillas que le han marcado desde pequeño, sin desviarse un ápice y sin hacerse preguntas incómodas. Los Moldeadores lo han vuelto a conseguir.


Diccionario RAE:
Normal: 3ª acepción: Dicho de una cosa: Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano.
Ismael

3 comentarios:

Fesaro dijo...

Grande Ismael muy grande y algunos hasta los visten con camisas franelas

Ismael dijo...

Muchas gracias Fer. La idea original era -y sigue siendo- escribir un relato más largo con esta idea, creo que da para mucho.
¡Un abrazo!

Argax dijo...

Este se me había escapado.

Ya sabes lo que opino de los Moldeadores... aparte de que están por todas partes. Una vez te han tocado, si consiguen anularte, te conviertes inmediatamente en uno de ellos y te compras una camiseta de free Pantoja.