lunes, 16 de septiembre de 2013

La carreta literaria de Martín Murillo

Hay muchas historias relacionadas con los libros que me arrancan una sonrisa. A principios de junio fui a cenar con unos familiares. Cuando ya nos íbamos, reparé en un ejemplar del diario El País que alguien había dejado olvidado en la barra.

Lo cogí para hojearlo, pero apenas pude echar un vistazo a la portada y poco más. Me estaban esperando para marcharnos, así que me quedé con las ganas de leer la sección Almuerzo con... de la contraportada, dedicada ese día a Martín Murillo, un prestador de libros colombiano con una curiosa historia que contar. Antes de irme, tomé algunas notas en la libreta que siempre llevo conmigo para buscar el artículo en la edición digital del periódico.

Fue publicado el pasado 6 de junio, firmado por Víctor Núñez Jaime. Por su interés, lo reproduzco a continuación:
Martín con su carreta literaria
Foto: Cristóbal Manuel

Martín Roberto Murillo Gómez (Quibdó, 1968) confiesa que le hubiera encantado comer “un sancocho de pescao, como en Cartagena de Indias (Colombia)”. No obstante, ataca con gusto los trozos de langostino que tiene en el plato. Este promotor de lectura y prestador de libros ha venido por primera vez a Madrid —“y a Europa, hermano, y he pasado frío”— para contarle a los asistentes a la Feria del Libro del Retiro que “elevar el espíritu y pasar un buen rato se logra con la lectura de un libro”.
Hace 10 años, Murillo vendía bolsas de agua helada en el centro de Cartagena. Había nacido en la capital del departamento de Chocó, donde creció “viendo llover”, y luego se fue con su madre y sus cinco hermanos a Medellín con la intención de estudiar. Pero solo lo hizo hasta quinto de primaria. Le hubiera gustado ser médico o, sobre todo, comentarista de la NBA.
Su situación económica, sin embargo, se interpuso. En Cartagena lavó coches, cargó cajas, vendió arepas y después, agua. Un día, un turista le regaló El hombre duplicado, de José Saramago. Y a partir de entonces la lectura desplazó a los clientes en sus prioridades. Lo notó de inmediato Jaime Abello, director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, quien le compraba agua, y lo llevó a su despacho para regalarle unos libros. Luego le dio más y, al darse cuenta de que ya tenía demasiados, Murillo quiso compartirlos. “Sobre todo, quise ser más útil a la sociedad. Y se me ocurrió lo de La Carreta Literaria: llenarla de libros y prestárselos a todos los que quisieran leerlos, sin cobrarles nada”.
Se lo contó a Raimundo Angulo, presidente del Concurso Nacional de Belleza de Colombia, que, al verlo tan entusiasmado, no dudó en darle dinero para mandar a hacer una carreta. Enseguida Murillo la llenó de libros y el 22 de mayo de 2007 la empujó hasta el Parque Bolívar. La gente comenzó a acercarse y este Quijote caribeño empezó a vivir la aventura cultural que se convertiría en su modo de vida.
Hoy, todos en Cartagena saben que pueden llevarse prestado alguno de sus libros. “No les pido ni una identificación. Confío en ellos. Y nadie me ha defraudado. Es verdad que se han demorado, hasta un año o dos, pero siempre me los entregan”.
Su hazaña es tan conocida y admirada que los políticos e intelectuales que pasan por Cartagena no dudan en hacerse fotos con él. Ha conseguido el patrocinio de varias empresas para pagarse la habitación de hotel donde vive desde hace 11 años, acudir a varias ferias del libro en Iberoamérica, mantener su blog, Facebook y Twitter e ir a los colegios para dar talleres de lectura a los niños. “Por eso me han puesto en el Pabellón Infantil de la Feria del Retiro”, apostilla durante el postre. Varios editores le están regalando libros —“¡a ver cómo me llevo tantos!”—, pero no entiende por qué las casetas cierran a mediodía. “Porque si dejaran abierto, la gente que trabaja podría escaparse a la hora de la comida”. Antes, un gorro tejido le cubría la cabeza. Ahora lo ha cambiado por sombrero, “más caribeño”. ¿Para ligar más? “Pues con esto de los libros, tengo más éxito. Pero la que quiera casarse conmigo ha de gustarle la lectura y la carreta. Si no, que deje tranquilo al negro”.

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