lunes, 9 de septiembre de 2013

Mecanismos de defensa

La vida sería insoportable si el ser humano no contara con un mecanismo ancestral de defensa que evita los pensamientos de muerte. Es un hecho innegable que todos vamos a morir. Lo siento pero es así, no me odiéis por ser tan franco. El mero hecho de nacer nos condena a una muerte segura, pero el cerebro humano aparca esa certeza para que podamos vivir.

Haced la prueba. Pensad en la muerte. Obligad a vuestro cerebro a pensar en el paso del tiempo, en los años que ya habéis vivido, en los que os quedan por vivir, en los achaques que van apareciendo, en el deterioro físico y cognitivo que sabéis que os espera, en la muerte de seres queridos que anuncian que falta menos para la vuestra, en el miedo a morir... Comprobaréis cómo llega un momento en el que vuestro cerebro dice basta y no os permite ir más allá.

Siempre me han llamado la atención las herramientas que utiliza la mente para evitar pensamientos incómodos. El ejemplo de los pensamientos de muerte no es el único llamativo.

Las creencias también son terreno fértil para que nuestro cerebro active el mecanismo de defensa antes citado. Esto depende de la personalidad de cada uno, hay quienes lo tienen más acentuado que otros, y ocurre con creencias de cualquier tipo, aunque a mi las que más me llaman la atención son las religiosas y las políticas.

He tenido muchas discusiones al respecto. Probad a dialogar con alguien sobre religión. Si esa persona tiene unas creencias muy arraigadas, no importa a qué adscripción religiosa pertenezca, seréis testigos de cómo llega un momento en que su cerebro (sí, tienen cerebro aunque a veces cueste creerlo) detectará una amenaza e intentará dar por concluida la conversación. En ese preciso instante, el sujeto dejará de razonar e ignorará aquellos argumentos que le son incómodos, por muy válidos que sean, prefiriendo la ignorancia a tener que admitir que tal vez tendría que plantearse descubrir la verdad en lugar de aceptar unas creencias con una base real tan débil.

Lo mismo ocurre con la política. Una vez más, insisto en que da igual el color político del individuo en cuestión. Si esa persona tiene una creencia muy asentada en su cerebro, o bien tiene algún interés que le obliga a defender a determinado partido político a toda costa (bien porque milite en él o porque sea de los llamados estómagos agradecidos), un mismo hecho le puede parecer irrelevante o escandaloso en función del color político de quien lo protagonice. Cuántas veces vemos cómo alguien ataca a un político por algún motivo y cuando otro de su partido es juzgado por el mismo hecho lo defiende a ultranza, obviando el más elemental sentido común. Coherencia cero. Cuántas veces un político acusado de algún delito no se defiende (porque sabe que es culpable) y se limita a acusar a alguien del partido rival por delitos similares. Yo soy un chorizo, pero tú también, parece decir. El y tú más, de toda la vida...

El cerebro trabaja para que el ser humano se adapte lo mejor posible al entorno. Todo aquello que es percibido como una amenaza activa los mecanismos de defensa necesarios para revertir la situación y evitar que el organismo sufra.

Estoy seguro de que algunos de vosotros, leyendo este artículo, os habéis sentido incómodos. No os preocupéis, no es más que la reacción natural de vuestro cerebro frente a preguntas que preferís no plantearos. Es una pena que así sea, pero al fin y al cabo la sociedad está así montada. Hay verdades absolutas que no soportarían ni un mínimo control de realidad, pero el ser humano es así (salvo honrosas excepciones). Así pues, si eres de los que se ha sentido incómodo leyendo este artículo, tal vez sea el momento de hacerte algunas preguntas.

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