sábado, 19 de octubre de 2013

El folio en blanco

Nunca he tenido problemas ante el folio en blanco. El temido bloqueo no suele afectarme; siempre tengo mil ideas bullendo en mi mente y luchando por salir y por convertirse en historias. Es una sensación extraña, similar, prescindiendo de la parte escatológica, a lo que se siente cuando las arcadas anticipan el vómito inminente. Necesito soltarlo y no hay paz hasta que las palabras lograr emerger de mi mente, ocupando el lugar que les corresponde: el papel.

Escribo de manera indistinta en papel u ordenador, pero últimamente folios y bolígrafos han tomado la delantera entre mis preferencias. Escribir a mano permite tachar, reescribir, repasar con un golpe de vista lo escrito, organizar los folios de forma que siempre tengo a mano lo que busco... Sí, sé que todo eso también pueden hacerlo y con gran eficacia los modernos procesadores de textos de cualquier ordenador o Ipad, pero la sensación de inmediatez y cercanía que me produce la escritura a mano no me la proporciona, a día de hoy, ningún otro método de escritura.

La manual no depende de la corriente eléctrica o de la carga de una batería. El mecanismo es tan simple como sacar bolígrafo y papel y ponerse a escribir. Siempre llevo conmigo bolígrafos (mínimo dos) y un cuaderno a tal efecto. Son mis compañeros inseparables junto al libro de turno.

Esto no es óbice para que siga utilizando mi ordenador, y ahora también el Ipad que me ha regalado mi hermano, para escribir. Son herramientas muy cómodas y con infinitas posibilidades a la hora de escribir y de editar un texto.

Muchas de las cosas que escribo a mano no son más que borradores a los que doy forma después, haciendo uso de un buen procesador de textos. Algunos escritos, como este, son creados a mano para ser publicados en el blog; muchos están guardados en un cajón, reposando a la espera de ser recuperados para que tengan la vida que merecen; y otros terminan en el cubo de la basura, porque hay folios que no deberían dejar de ser páginas en blanco.