viernes, 17 de enero de 2014

Colapso nocturno

Te levantas en plena madrugada a mear. No ves nada, recorres el pasillo a tientas hasta llegar al baño, te bajas el pantalón del pijama y esperas que el chorrito caiga donde tiene que caer. Estás demasiado dormido para comprobar si has acertado con la taza o no, te da igual, mañana lo sabrás.

Recorres el pasillo en sentido inverso, tambaleándote. Está oscuro y tienes que tentar las paredes para no golpearte con la pared como de costumbre. Entonces, ocurre.

Al principio no sabes qué está pasando. Las paredes se mueven, el pasillo te mece a un lado y a otro hasta hacer que te golpees con la Tizona que tu padre tiene colgada en mitad del corredor. No es la primera vez que te ocurre algo así. Años atrás, un pequeño terremoto te cogió en una situación similar. Entonces pensaste que se trataba de un simple mareo; fue a la mañana siguiente, cuando en todos los informativos contaron lo del temblor que se había producido de madrugada, cuando descubriste que no había sido un mareo ni un mal sueño. Terminaste de convencerte de ello por obra y gracia del hematoma que te recorría el antebrazo izquierdo.

En esta ocasión, no obstante, parece distinto. El bamboleo a un lado y a otro procede de otro lugar. No, no se trata de un terremoto, es otra cosa. Estos pensamientos se cortan de raíz en el preciso instante en el que tus labios besan el suelo con una violencia tal que sientes que vas a perder la consciencia en cualquier momento.

Tumbado en el suelo, escupes sangre y recorres tu boca con la lengua, comprobando que tendrás que visitar al dentista si quieres recuperar las dos o tres piezas que ruedan por el pasillo. El temblor continúa, pero algo ha cambiado. Una luz potente te deslumbra. Es tu padre, despierto tras escuchar un golpe tremendo, el que acaba de encender las luces del pasillo.

La escena se vuelve difusa. Piensas que en cualquier momento el edificio va a derrumbarse, que la estructura no podrá soportar semejante vibración sin colapsar. Tu padre está junto a ti; parece no importarle morir entre escombros, sólo tiene ojos para ayudarte. Intenta incorporarte para evitar que te ahogues con tu propia sangre. Tú haces lo posible por decirle que se vaya, que salga del edificio, que te las arreglarás solo.

Lo último que recuerdas es a tu padre llamando por teléfono para pedir ayuda. Las emergencias deben estar hasta arriba, seguro que hay decenas, tal vez cientos de personas llamando para preguntar qué está pasando y qué deben hacer. La consciencia se te escapa...

Despiertas en la cama de un hospital. Tu padre lee a tu lado y tu madre dormita en un sillón. No sabes qué ha pasado, cómo te sacaron del edificio, si se ha derrumbado o no, si ha sido un terremoto o si el tan anunciado Apocalipsis ha dado el primer aviso.

Cefalea tensional. Ni terremoto, ni Apocalipsis, ni derrumbes... Estás enfermo, tu cerebro ha vuelto a darte un aviso. No puedes seguir así. Esta vez ha sido serio; los mareos te han provocado una caída brutal que a punto ha estado de dejarte en el sitio.

Al fin y al cabo, tú lo has vivido como un terremoto. Y es que en el fondo, tu vida no es más que eso, un enorme temblor que amenaza con derrumbar la estructura sobre la que se asienta tu existencia. Tienes que replantearte muchas cosas, siempre estás lanzando balones fuera. Debes tomar decisiones que rebajen tu estrés, de lo contrario algún día llegará el aviso definitivo, ese en el que colapsarás, las luces se apagarán y el telón caerá. ¿Permitirás que eso ocurra?

No hay comentarios: