jueves, 16 de enero de 2014

El sinsentido deseado

Hay historias que merecen ser contadas. Pero al contrario que muchos, tu teoría dicta que el problema no se encuentra en cómo contarla, sino cuándo.

A lo largo de tu vida te has cruzado con cientos, tal vez miles de historias que, estabas seguro entonces y lo sigues estando ahora, acabarían siendo contadas. Pero suelen ser caprichosas y ser ellas las que eligen su momento; un contrato no escrito ni firmado por parte alguna en el que te dan su permiso para que las transmitas a los demás.

A veces sientes que se trata de algo inmediato, un recuerdo que te llega a la mente porque él mismo así lo ha querido y que te abre una ventana en el espacio-tiempo para darle forma. Cuando se pone el sol, el permiso caduca y todo intento de recuperarlo es inútil.

Otras veces, la historia se hunde en la maraña de conexiones sinápticas de tu cerebro y años después, cuando apenas quedan restos en tu inconsciente de aquello, tal vez un par de notas en tu libreta y poco más, llega el momento. Lo que crees casual no es tal, es tan sólo una causalidad, un permiso inesperado para que recuperes la historia que siempre estuvo ahí. Aparece con forma de cabra sonriente puesta en pie dentro de un pentagrama sanguinolento, haciendo saltar todas tus alarmas y desbocarse todos tus miedos, pero la reconoces al instante.

A partir de ese momento tienes dos opciones: aceptar el reto o ignorarlo por completo. La primera elección no tienes ni idea de qué bosques te hará atravesar o cuántos orcos tendrás que destrozar para llegar al monte del destino. Por el contrario, el resultado de la opción dos es simple: la nada.

La Historia de la Literatura está repleta de osados que eligieron la primera opción pero también de muchos que eligieron la segunda, pero cuyo destino era contar esa(s) historia(s) por la(s) que hoy los conocemos.

Te la pela bastante la Historia de la Literatura en estos momentos. Tan sólo debes elegir una de las dos posibilidades que se presentan ante ti. Recuerda que la historia es la que decide cuánto tiempo permanece la puerta abierta. Después se cerrará y tendrás que esperar a que otra se abra. Es tu turno.

...

Abre los ojos...

...

Me duele la cabeza. En esta ocasión no puedo culpar al alcohol. No tengo ni idea de por qué estaba escribiendo lo anterior, su sentido me es ajeno. Tal vez me está afectando más de lo que pensaba la lectura de La casa de hojas, el libro de Mark Z. Danielewski que comencé ayer. No importa, no entiendo por qué nos empeñamos en encontrarle un sentido a todo.

Historia, espacio, tiempo, puerta, destino... No me sabía capaz de escribir tantas pamplinas en tan pocas líneas. Creo que será mejor que continúe leyendo; en mi opinión la lectura y la escritura, de ahí tal vez estas líneas inconexas, son las únicas que pueden responder a las preguntas que ni siquiera sabemos formular.

2 comentarios:

Víctor L. Briones Antón dijo...

Cuando la pregunta es única y sólo a ti te pertenece.
Cuando buscarla no lleva a nada práctico, pero sí a un alivio instantáneo de una pulsión que no sabes reconocer.
Cuando te das cuenta de que dónde vives no es dónde habitas, que lo que ves es sólo el resultado de una ficción con tendencia a la amabilidad tolerable...

Entonces, eliges. Sea cual sea tú elección estarás sólo, para andar el camino o para ignorarlo. Y no nos gusta la soledad, no nos gusta adentrarnos en lo desconocido, en lo que intuimos puede desarmarnos, o sí?

Buen texto tío! Si es que sigues cuerdo y aún puedes entender lo que es un elogio. ;)

Ismael dijo...

Algo de cordura me queda, tal vez la justa para echar el día, pero ahí está. Al menos por ahora, mañana quién sabe.

Así pues, ¡gracias!