miércoles, 19 de febrero de 2014

Los misterios del arte (VIII): "La Última Cena", Leonardo Da Vinci

Hasta ahora, en la serie de artículos que estoy dedicando a los misterios del arte había una ausencia destacada. Hablar de misterios en este campo es una expresión incompleta si no se aborda una de las obras más enigmáticas de la Historia: La Última Cena, del gran Leonardo Da Vinci.

Algunos pensarán que poco más hay que investigar sobre este tema. Son miles los artículos de revistas, libros y documentales que, con mayor o menor rigor, se han centrado en las anomalías, curiosidades y enigmas de la obra del genio florentino.

Lo pasé muy bien leyendo La Cena Secreta, del periodista turolense Javier Sierra. Un libro muy recomendable en el que podéis encontrar, novelados, muchos de los grandes misterios que esconde Il Cenacolo que se conserva en el convento milanés de Santa Maria delle Grazie.

Hoy, no obstante, quiero centrarme en un episodio moderno, no menos misterioso que el proceso de creación de la obra. Pues si La Última Cena contiene muchos enigmas, uno de los mayores es el de su obstinada supervivencia.

Fue ejecutada por Leonardo entre los años 1495 y 1497. No se trata de un fresco tradicional; Da Vinci pintó la obra sobre un muro del refectorio del convento dominico de Santa Maria delle Grazie, en Milán, utilizando materiales muy perecederos. Esto provocó que desde su concepción, aquellos que la contemplaban temieran por su suerte, de ahí las numerosas reproducciones que se hicieron de ella.

Muy pronto quedó claro que la supervivencia de la obra no sólo iba a estar amenazada por su propia naturaleza. Javier Sierra indica en su web al respecto:

Sólo tres años después de que Leonardo terminara de pintar el Cenacolo, unas inundaciones alcanzaron el muro septentrional del refectorio, hiriendo de muerte la escena. El 1652, pese a la fama de imagen milagrosa que ya tenía La Última Cena, se clavaron estandartes imperiales sobre ella. Y en 1796 las tropas napoleónicas utilizaron el refectorio como establo y almacén, deteriorando aún más si cabe el mural. En cuanto a las restauraciones, éstas también comenzaron al poco de terminarse la obra. La extraña técnica empleada por Leonardo –que pintaba a secco, en vez de al fresco, empleando materiales muy perecederos-, hizo que La Última Cena requiriera de auxilio muy pronto. A finales del siglo XVI, los comentarios de quienes admiraron la obra leonardiana hablaban de su estado ruinoso. Es más, casi desde su estreno, la obra fue rápidamente copiada por otros artistas tanto como admiración al esfuerzo del genio toscano, como por la preocupación de que se perdiera para siempre. En el siglo XVIII se repintó dos veces. Y entre 1612 y 1977, no han faltado los intentos por devolver La Última Cena a su antiguo esplendor (sic), añadiéndole, borrándole o sustituyéndole algunos elementos por el camino. 

No obstante, el verdadero milagro tendría lugar en plena II Guerra Mundial. Sierra lo cuenta así en su web:
La madrugada del 13 al 14 de agosto de 1943, una flotilla de cuarenta y siete bombarderos Halifax angloamericanos lanzaron veintidós toneladas de explosivos y sesenta y seis de bombas incendiarias sobre Milán. Los escuadrones 419, 427, 428 y 434 cumplieron su misión con meticulosidad, sembrando de fuego y cadáveres el centro histórico de la capital de la Lombardía.

Una de aquellas bombas cayó en plena calle Magenta, junto a la fachada enladrillada del convento de Santa Maria delle Grazie. Tras la deflagración, el muro sur de la iglesia se hundió, llevándose por delante las paredes de dos capillas laterales del siglo XV. La nave central se agrietó y una esquirla decapitó la estatua del Sagrado Corazón. Inmediatamente después, otro artefacto incendiario impactó en la sacristía, prendiendo las partes más antiguas del convento, entre ellas las inmediaciones del refectorio y su más preciado tesoro: un mural de 8,80 x 4,60 metros, en el que en 1497 Leonardo da Vinci terminó de pintar su obra de más envergadura, La Última Cena.

Desde los refugios antiaéreos, los frailes se temieron lo peor. Sin embargo, contra todo pronóstico, el muro de Leonardo aguantó.

El prior del convento, fray Domenico Acerbi, respiró aliviado cuando el fuego se detuvo. Por verdadera inspiración divina, escribió más tarde, él y sus monjes habían abandonado el convento horas antes, y ninguno resultó herido. Además, la pared de sacos terreros dispuesta contra La Última Cena, había resistido bien el embate de las llamas y la obra logró salir indemne del lance.

Pero los Halifax regresarían pronto.
La medianoche siguiente, fiesta de la Asunción, los aliados repitieron su ofensiva aérea sobre Milán. En media hora dejaron caer más de mil toneladas de explosivos. Como si la desgracia quisiera cebarse con el convento de Le Grazie, otra bomba de dos mil kilos horadó el llamado Claustro de los Muertos, arrasándolo todo a su alrededor. Frescos de Montorfano,Giovanni da Schio, Gaudenzio Ferrari y otros artistas de los siglos XV y XVI saltaron por los aires. El refectorio donde se cobijaba La Última Cena se hundió, quedando en pie sólo dos de sus cuatro sólidos muros... El que albergaba la sagrada escena pintada por Da Vinci volvió a salir ileso. Por segunda vez consecutiva.  En esta ocasión, nadie creyó que fuera sólo suerte.
 
Ahí están las fotografías. Parece imposible que el muro que contenía (y aún contiene) la pintura de Da Vinci permanezca en pie. Pero así es. Tras múltiples restauraciones, hoy luce en (casi) todo su esplendor y puede visitarse en el lugar que la vio nacer. El de su supervivencia es sólo uno de los grandes misterios que contiene esta obra maestra del genio florentino. Tiempo habrá de desgranar el resto.

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