lunes, 31 de marzo de 2014

Recuerdos de cinta (II): "Camelot Warriors"

Si osas franquear la puerta del misterio olvida todo lo que conoces porque te internarás en un viaje sin retorno. Mundos pasados y futuros, magia negra, trampas ocultas. Aprieta la espada con tus puños y nunca, nunca eches la vista atrás. 

A finales de los ochenta, mis padres nos regalaron a mi hermano y a mi un ordenador. Hasta entonces, habíamos tenido una pequeña consola de videojuegos, con la que habíamos disfrutado mucho bien es cierto, pero la llegada del ZX Spectrum 128 K fue una revolución para nuestras inquietas mentes infantiles. Un mundo de posibilidades se abría ante nosotros gracias a las creaciones en 8 bits, toda una revolución en aquella época.

El mes pasado dediqué un primer artículo a este tema (aquí), pero hoy quiero hacer un homenaje a uno de los primeros juegos que descubrimos en nuestro entonces nuevo ordenador: el Camelot Warriors.

Recuerdo que junto con el Spectrum venían varios juegos, hoy clásicos: el citado Camelot Warriors, Phantomas, Army Moves, Nonamed, Game Over... De todos, en mayor o menor medida, dimos buena cuenta, aunque mi ojito derecho era el de ese caballero medieval que tenía que vérselas con innumerables bichejos y hacerse con cuatro objetos vitales para salvar Camelot.

Víctor Ruiz, responsable de la mítica Dinamic, fue el encargado de sacar a la luz este videojuego en el año 1986. La portada corrió a cargo del no menos mítico Alfonso Azpiri, diseñador de otras portadas históricas de la llamada Edad de Oro del software español (1983-1992) como Mad Mix Game, Desperado, Lorna, Viaje al Centro de la Tierra o Abu Simbel Profanation.
La carga de la cinta era todo un ritual, cruzando los dedos para que todo saliera bien. Una vez cargado el juego, comenzaba la diversión.

El objetivo de Camelot Warriors era hacerse con cuatro objetos del siglo XX que se habían colado en la Edad Media y entregarlos a los guardianes que se encargarían de destruirlos para salvar Camelot. El juego se dividía en cuatro fases, una por cada objeto, que se desarrollaban en cuatro escenarios distintos.

En el primero de ellos, el bosque, el caballero tenía que hacerse con EL FUEGO QUE NO QUEMA (una bombilla). Una vez logrado el objeto, tenía que entregárselo al druida del bosque, quien se encargaba de destruirlo y de paso convertía a nuestro protagonista en rana.
La razón de esta transformación la encontrábamos en el segundo nivel, ya que transcurría en las aguas de un lago, donde el caballero debía hacerse con EL ESPEJO DE LA SABIDURÍA (un televisor; eran otros tiempos...) y entregárselo al Rey de las aguas, una especie de Neptuno.

Recuperada la forma humana, la tercera parte tenía lugar en las cavernas, donde el caballero debía conseguir EL ELIXIR DE LA VIDA (ni más ni menos que una Coca Cola) y dársela al dragón para que la destruya.

Por ultimo, en el castillo del Rey Arturo localizaba LA VOZ DE OTRO MUNDO (un teléfono), y el propio Arturo desvelaba el misterio final.
No sé cuántas horas pasamos mi hermano y yo jugando al Camelot Warriors. La dificultad del juego era excesiva y había que calcular al milímetro cada movimiento, sobre todo a la hora de saltar. No había manera de terminar el juego, así que recurrimos a los socorridos Pokes (un Poke era esto)para llegar hasta el final. Las trampas eran parte del juego...

Camelot Warriors es uno de los juegos de Spectrum de los que guardo mejor recuerdo, tal vez porque fue uno de los primeros a los que jugamos mi hermano y yo. Después llegaron muchos otros; poco a poco iré escribiendo sobre ellos, pero creo que era justo empezar por este juego de aventuras que tantas tardes de diversión nos proporcionó.

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